Opinion

¡Iiiiihh San Juan y San Pedro!

En homenaje a la auténtica festividad de origen ritual y tradicional de nuestra región, el Tolima Grande, en la que parte de nuestros ancestros adoraban al sol por su mayor proximidad con la tierra en esta calendas, en lo que hoy conocemos como solsticio de verano, y en otras tradiciones originarias como Inti Raymi, por citar el ejemplo de la familia Kichwa; ésta Revista presenta con satisfacción el artículo del señor Héctor Hernando Parra Pérez, aficionado a la Historia y a la indagación de algunas tradiciones musicales populares. Artículo, en el que se clarea la actual confusión de denominar a las fiestas de San Juan y San Pedro, como fueran denominadas desde la colonia, sobreponiendo el nombre de dos platos típicos, que a manera de ofrendas y concelebración se compartían entre los participantes; para no decir que el 24 de junio es el día de San Juan sino el día del Tamal, y el 29 de junio no es el día de San Pedro  sino el día de la Lechona, como se promueven hoy “las fiestas” desde las mismas instituciones gubernamentales.

¡Iiiiihh San Juan y San Pedro!

Por: Héctor Hernando Parra Pérez

América indígena está en lo reprimido de la cultura y, por lo tanto, no puede frecuentar el centro de la escena cultural sino como pesadilla; es lo abyecto y, de cierta manera, lo irrepresentable. – Carlos A. Jáuregui

Las abuelas en mi calurosa tierra natal, me enseñaron un curioso agüero que en principio me resultó incomprensible: No contar lo que uno tiene planeado, para que se realice: La lengua se queda quieta, para saborear el gusto de los deseos.

Al tener que reconocer que la parte indígena de nuestros ancestros, y por ellos nosotros, procedemos de una serie de fatales acontecimientos que victimizaron a nuestro territorio, tal vez, el silencio se haya convertido en un curioso escondrijo para que la muerte no siguiera encontrándonos. Para que la muerte no siguiera truncando nuestros sueños. Ojalá, hubiera sido así de fácil. No obstante, aún todavía, se alardean promesas de felices  tiempos mejores, aquellos ensalzados con las generosas viandas criollas a invitados u ocasionales en todas las mesas familiares. Cuando era insultante dejar de comer apartando el copioso plato servido, siempre sabroso y deleitante, como la bebida, sin reparos ni temores  al comer más saludable, ni afanes esteticistas de intervenciones médicas  asociadas al exceso de consumo.

Una hoja proveniente del África o de Oceanía, envuelve un amasijo que lleva granos asiáticos y europeos, que sazonan muestras de carne de un ave, de un cerdo y de una res. Algunos de los condimentos de la ruta de las especias terminan de aderezar a este plato, cuyo nombre proviene de la lengua Náhuatl. No se sabe quién se lo inventó. Nadie decretó su consumo, y pareciera que de su exquisito sabor, de las atrayentes aromas de las especias que lo condimentaban, se elevó su reputación para figurar en un sitio de especial relumbre dentro del ámbito de la nueva sociedad mestiza, en medio de la particular belleza del valle Alto del Río Magdalena.

Curiosamente, parece no haber muchas coplas que mencionen a éste plato en medio de rajaleñas y sanjuaneros. Sin embargo, su ingesta es imprescindible, en el condumio solsticial del 24 de junio. Tanto en el campo vivencial de infinitas anécdotas en la narrativa tradicional calentana, como en una que otra narración literaria de famoso autor, pareciera que se omite la presencia de ésta receta, ancestralmente mestiza; ¿Será que de lo mismo ocupadas que están las papilas gustativas al saborearlo, le impiden a la lengua el oficio de mencionarlo? El silencio que quiere evitar el sabotaje de la envidia.

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Se suele decir, con el facilismo que caracteriza a la ligereza conceptual de nuestros tiempos, que las culturas no son estáticas. Y a ésta aceptada e ingenua obviedad, se le pretende dar tintes políticos tratando de justificar una supuesta evolución civilizatoria al empuje de las devastadoras empresas colonialistas.

La boga por el río Grande de la Magdalena, dio cuenta de unos brazos poderosos, pero sometidos. Fuerza africana liberta a través de los cantos de sus memorias, activa resistencia, frente a la esclavitud. Porque, faltarían decenas de años para que la ceiba fuera plantada en Gigante, Huila por José Hilario López. La ceiba, que se constituyó en un corpulento signo sacro para los Yorubas en diáspora americana.

Por estas mixturas,  la hoja del guineo, venido de las Guineas, fue la que envolvió y abrazó a los ingredientes de América, con los de Asia, con los de Europa. Amasijo que surgió desde la imposición: Se prohibieron los cantos en lengua Bantú. Se prohibieron los rezos en lengua Karib. Solamente se podía arengar en español, comunicar y expresar en la lengua de Castilla. Entonces, mientras los sometidos callaban y pensaban, los opresores arengaban sin reflexionar. Mientras la oralidad zamba, mulata y mestiza, sembraba de poético coplería a los  despojos territoriales insertos en el nuevo paisaje calentano, la literatura del invasor tiránico levantaba monumentos de papel llenos de auto-elogios, trámites reales y la sediciosa satisfacción de su conquista. La palabra, que esculpiera en piedra su confianza por generaciones, fue corrompida en los sinuosos vericuetos del engaño ensalzados con  la florida retórica mediterránea, que sustituyera a las áridas llanuras de la compleja poiesis karib, convirtiendo de paso, en horrores anecdotarios, al consumo ritual de los valores, hechos carne de indio vencido.

En esos constructos históricos habitó famélica la imagen nativa. La bravura bélica y la destreza guerrera de los llamados “Pijaos” por los hermanos del Quijote, fueron identificadas como “unos yndios caribes q(ue) comen carne umana muy guerreros que se llaman los pixaos”. La falta de vestidos en estos, como la aparente falta de organización social los mostraba carentes de “policía”, o sea de un orden civil. Según los cronistas, no contar con el alfabeto conocido, les impedía trazar una historia; y la práctica de antropofagia, provocó su repudio en tanto engendro para la “civilización”. Un bárbaro sin rasgos humanos, desfigurado en bestia.

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Donde pudieran aparecer conductas dignas de encomio, o la dimensión heroica de los indígenas, seguidamente fueron vituperadas, condenando su canibalismo, vertido de boca de los mismos cuando Rengo, el aguerrido mapuche, sentenció en guerra contra los españoles que: “comería su carne y bebería su sangre”. Al Pijao, el canto épico lo representa:

“Gente suelta, feroz, fornida, basta,

Y en uso de la guerra muy experta;

Membrudos, bien dispuestos, caras torvas,

Las frentes anchas, las narices corvas.

Selváticos, caribes, atrevidos

Todos en general, y en tanto grado,

Que muertos pueden ser, mas no rendidos

A condiciones de servil estado.”

Pero el temible, bizarro y feroz guerrero Pijao, es caníbal, en su connotación o adjetivación caribe. En el vituperio que los excluye como personas, se esconde que aquellos antropófagos eran movidos en su canibalismo por impulsos instintivos de caza, y de ritualidad a necesidad de ofrendar y aplacar la ira o insatisfacción de sus deidades.  Poseían la capacidad de creer y actuar bajo la premisa que del vencido debía tomarse su fuerza vital, su poder,  lo sublime de su existencia, no al afán de saciar el hambre, sino al ímpetu de comer al otro para nutrir la valentía y el honor del vencedor, así enriquecida en fuerza y poder humanos al prurito de ser invencibles, de no ser dominados, de no ser comida ni reducto de vencidos, y seguir dispuestos a abrazar la muerte con su valor irreductible, antes que entregarse derrotados.

Continúa mañana………………….

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