Opinion

De las pandemias y peores males.

Por: Edilberto Henoch Suárez Cortes.

De admitirse la existencia actual de una conjura contra el mundo por ataque biológico proveniente de actor indeterminado, convertida en amenaza a la vida humana, encierra esta conjetura un concierto multinacional para enfrentarlo, paradójicamente, a partir de patrones nacionales y responsabilidades de estado que demarcan con mayor nitidez las fronteras  y nacionalidad de los pueblos.

Las fracturas territoriales en la aldea global provocadas por la pandemia, hacen evidente la necesidad de solidaridad y cooperación que, como se entiende desde una comprensión semántica, solo puede ofrecerse entre naciones diversas y, de alguna manera distintas,  de acuerdo a la ubicación geoespacial que las clasifica, y no conceptualizadas desde la óptica genérica de un mundo “globalizado”. Sin tocar los actos políticos y económicos que intervienen en protección de la vida como especie humano-biológica, el suceso apocalíptico concita a toda la humanidad a una defensa conjunta, contra el enemigo común, como nunca lo ha hecho, solidarizando universalmente las diferencias nacionales en una coparticipación de medios que la proteja y haga soportable el decaimiento de la sociedad global, y así, minimizar el impacto ejerciendo cada cual un manejo interno en todo benefactor de su propio territorio que, como es natural, supone la lucha por los recursos necesarios a la atención de la crisis.

Esta realidad, si globalizada, permite inferir que el sustrato de verdad que emerge del terremoto mediático, coloca a ciertos actores en un  espacio insular protegido de los  peligros abisales que circundan a la población mundial.  Ínsula, que sobresale en un estado de cosas en mucho distanciado de cómo nos han dibujado la tormenta epidémica que amenaza con naufragio, porque al descorrerse el velo de los juicios imperantes y descubrir que pese a las grandes e identificables diferencias entre las naciones, sus credos, ideologías y razas, se perfila un concierto general de entendimiento mutuo con el que se derruyen  las acusaciones y golpes de opinión entre unos y otros, a manera de justificar lo acontecido como un hecho cuasi natural e inevitable en sus efectos y consecuencias, formulando una proposición tacita de inexistencia de culpas, con la que se encubren  gobiernos, entidades, corporaciones, organismos  y asociaciones internacionales que debieron intervenir, anticipadamente, mediante mecanismos utilizables racional e inteligentemente en el manejo preventivo y logístico de la epidemia, mientras el COVID-19 afloró silvestre en unas circunstancias, o espacio, proclive a la consumación del daño.

Desde el otro aislamiento, el de los actores responsables, los medios dan rienda suelta al otro concierto de opinión que releva al establecimiento de orden global de toda posibilidad de control eficaz contra el flagelo letal, socializando la culpa que se endilga a la mera conducta ciudadana, sobre la que se descarga el peso del caos, con todos sus antecedentes, pretendiendo que la gran masa humana ha estado moviéndose sin guía ni dirección; pero ahora, detenida bruscamente,  afligida de miedo mortal ante la presencia de un enemigo invisible, confundida, desorientada, esperanzada en cambios sociales de la misma drasticidad y envergadura,  se entrega a su suerte en medio de plegarias y sentimientos de culpa, mientras los insulares, los de mayor poder,  intervienen mostrando imagen de salvadores,  mutando en caridad los nimios aportes que no suministraron en la cuantía,  en la oportunidad, ni en la forma como estaban obligados a hacerlo.

En este ejercicio incongruente, se provocan daños irreparables en vidas humanas, gravísimas lesiones emocionales y materiales que se  experimentan sin explicación ni justificación  posible por aparecer en medio de un mundo con las más altas tecnologías y avances científicos, en todo los órdenes, como nunca antes se tenga noticia. Nueva paradoja, porque, pese a los insospechados avances científicos y al asombroso desarrollo de la “civilización”, la inasistencia, carencia de recursos, imposibilidad de atención y efectos letales en las sumas de morbilidad y mortalidad de la epidemia, no se distancian en nada, salvo en inventario de muertos,  de similares fenómenos acontecidos lejana y próximamente en la historia de la humanidad. Inoperancia que, en lo preventivo, por predecible,  y por esperarse una sólida infraestructura en salud, incluye, como algo inesperado e inconcebible,  a los Estados Unidos, hasta ahora considerada la primera potencia mundial.

Si todos a una, proclaman indiferencia frente a la posible manipulación del “arma biológica” y la inexistencia de responsabilidad de los gobiernos, sin connotar hacia donde se direcciona el ataque que sin lugar a dudas afecta a la población inerme e indefensa y, particularmente, a la más desprotegida y vulnerable como son los ancianos,  no podrá negarse que nos encontramos ante un inequívoco concierto de voluntades de gobierno, de orden mundial, para adoptar una conducta de manejos donde las “políticas” internas de cada país propenderá por sacar los mejores beneficios económicos y políticos de la tragedia, a la que, además, usan en un intento por superar la dura crisis social y económica que estaba por explotar, en otra conflagración también de orden universal, que ahora se acrecentará para la gran masa de habitantes,  y se morigerara al silencio de los tapabocas y en la distancia del aislamiento, sojuzgando el conato de explosión social  gestado previamente a la aparición del agente viral que en su contagio absorbió toda posibilidad de atención diferente a ser combatido.

Al discurrir en un estado de cosas de tales características, es imposible no colegir que el fenómeno y el acuerdo para su manejo no son hechos circunstanciales, visto desde la aparición de la pandemia, porque independientemente a la idea de solidaridad y cooperación inmanente en la pervivencia de toda sociedad, y estas se ofrezcan aun entre países radicalmente opuestos en sus intereses,  la unanimidad propone que el manejo de los efectos del mal, y sus secuelas,  también es de orden universal, por lo que se avizora la continuidad del concierto para tramitar los efectos del fenómeno, a partir de los actores, mecanismos y medios que fueron permisivos, tolerantes y propiciadores de todos los equívocos, errores y disfunciones de dirección y gobierno que hicieron posible la catástrofe que, ahora, pretenden controlar; es decir, los incendiarios serán ahora los bomberos sin equipamiento, sin preparación ni conocimiento, y sin voluntad de constreñir ni erradicar las prácticas incendiarias como propósitos indeseables.

La conclusión, ni siquiera hay que formularla, aparece incontestable ante una realidad que agrede, por su contundencia, la más precaria percepción de realidad, esta, que permite confrontar unos efectos, post COVID-19, que se ofrecen no como consecuencia del fenómeno viral mismo, sino como parte de este, en cuanto que el supuesto fracaso de dirección, gobierno y conducta social que se ventila, se admite como parte del andamiaje que lo provoca.

La letalidad del virus, no se incuba únicamente en su naturaleza epidémica, en cuanto que agente biológico es perecedero  y en estrictas condiciones su propagación es controlada, se acrecienta, porque si su más alto nivel de insania deriva de la curva de expansión contagiosa cuyo crecimiento es directamente proporcional con el volumen de personas en circulación abierta, estas, ante la inminencia de ser contagiadas, son confinadas en aislamiento y ausencia de contacto social, es decir, se inicia la afectación más lesiva con la detención repentina y abrupta del aparato social, un brusco parar de la sociedad afectada, una detención que por insospechada proyecta su lesividad sobre los sobrevivientes que, seguramente, alcanza mayor numero que las bajas; se impacta doblemente a la población: por las muertes epidémicas, y  por la contención de la actividad productiva que en su represamiento deja de irrigar el tejido social provocando una peligrosa disminución de los recursos vitales para la supervivencia, de acuerdo a la anatomía y composición estructural como ha sido concebido y diseñado el organismo social como aparato funcional, a guisa de civilización, y para el cual el “Recurso Humano” es deleznable.

En suma, las pandemias parecen obedecer a un desarrollo cíclico cuya fenomenología se asocia e interactúa a discreción histórica con guerra, autoritarismo, conflictos sociales e, indefectiblemente, trae como “efecto secundario” impactos económicos y políticos de profundo calado social, efecto de primer orden que, como siempre,  devendrá en un crecimiento significativo de la población que se encuentra por debajo del umbral de pobreza, que comporta aumento del hambre, de la miseria,  de estallidos de inconformidad social que serán reprimidos violentamente so pretexto de control  y protección al “bien general”. La consecuencia de la ola infecciosa, de acuerdo a las previsiones económicas y “sociales”, que ahora si se cumplirán a la perfección, comporta un confinamiento ya no restrictivo de la movilidad, sino de la conciencia, de los derechos, de las libertades, y muchas otras prerrogativas ciudadanas, en tanto el “sacrificio” para la recuperación de los daños  recae, inexorablemente, en la gran masa, o mano de obra productiva, cuéntense trabajadores de toda calidad y nivel, clase media con inclusión de micro, pequeños y medianos empresarios,  industriales con liviana producción, comerciantes, agricultores, y, en fin, toda esa gama de actividades productivas por las que se pagan impuestos, se sostiene el estado y se nutre todo el aparato institucional y de gobierno.

Al punto, de lo personal y subjetivo,  el confinamiento esporádico, casual y medianamente prolongado, al que estamos sometidos, enseña la capacidad y posibilidad de detenernos en cualquier momento, de abstraer y concitar en nuestro fuero intimo la presencia de nosotros como personas, como seres capaces de encontrarse en sí mismos sin el apabullamiento del consumo, de la competencia por la sobrevivencia y, pese a eso, sobrevivir en independencia así sea por un “instante”.  Y también aprendemos, que la muerte siempre esta tan cerca que nos respira en la nuca; que la solidaridad no es un asunto de Estado porque es una virtud propia del sujeto humano; y, también, debemos reconocer una verdad lamentable, dolorosa: que la conducta social no se ejercita sin presión, sin la fuerza externa ejercida sobre ella, y que la conciencia social en el individuo es muy frágil, si es que existe en él.

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