Opinion

¡IIIIIHH SAN JUAN Y SAN PEDRO!

Por: Héctor Hernando Parra Pérez – [Continuación]

La antropofagia ritual:

El consumo sacramental antropofágico de los Pijaos, es decir, de las gentes Karib  del Valle del Magdalena, fue visto desde una oscura y reprobable satanización. Fue como se justificó el uso de la barbarie, para desterrar a la ritualidad arcana. Irónico eco, cuando fueron los foráneos quienes llamaron “Valle de lágrimas”,  “Valle de las lanzas” “Valle de las tristezas”, al paisaje que aquí se llamara Madre Tierra. Entonces, al rito natal, se sobrepuso el de comer de la carne del cuerpo de Cristo hecha pan, y beber de su sangre hecha vino. Nada de corazón de Muisca ni de hígado de Paéz. Nada de bollos de maíz, nada de chicha de maíz. Se disolvió la masa de chóclo que se cocinó con los rayos de Ta. Se perdió entre los dedos, la chicha que se ofrendó a Taiba. De los influjos que trastocaron la abstracción ritual y de percepción del mundo, de su comprensión, y de las nuevas dietas alimentarias, se desprende el síntoma de civilización sobre el territorio sojuzgado.

Aquellos antropófagos, así como los vecinos de otras naciones originarias, también dieron cuenta de un calendario basado en la observación del sol y la luna, de las estrellas y las nubes. Por eso supieron vaticinar la ocurrencia de ciertos acontecimientos cósmicos asociados a la cruz del sur o chakana de los Incas, la subienda, las pléyades y las cosechas. Los mismos acontecimientos observados en otros cielos,  en los cielos africanos, desde el hogar de las gentes Malinke, cercanas a la línea ecuatorial, hasta el de las gentes Congo, donde se viviría el solsticio de invierno.

Y si el perseguido misticismo cristiano se convirtió en Imperio con Constantino, esto no logró borrar del todo la magia de los pueblos milenarios de Europa y Asia, de su parte, los rituales del agua, de los salvados de las aguas, el culto a sus corrientes sustento de la agricultura, hitos incrustados en la matriz de toda genealogía como arcano bautismal de color “pagano”, y con la que interactúan en similitud de nacimientos las tradiciones mágicas, contando en eso los pueblos del Abya Yala, en su veneración a los ríos, a los bosques, a las figuras que en su caracterización humanizada y mítica, como el Mohán y la Madre-monte, conviven y se revisten de naturaleza.

También se dio en tierras andinas y meridionales para la llanura tolimense, en las celebraciones de los runa (persona humana en lengua kichwa), en el Inti Raymi, como adoratrices del sol, ofrendando agradecidos por sus cosechas y su prosperidad, congraciándose con los Apus (espíritus de los cerros) ahora en fiesta de Sanjuanito, con sus verbenas, sus zapateos, que se funden también con parte de ese legado de mediterráneo y atlántico ascendente.

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Y por esas opresivas circunstancias bajo las que el sino fatal encontró a España con los pueblos originarios de América, también surgió, por la fuerza de la resistencia, un San Juan camuflado y adaptado en medio de los mágicos paganismos, en un sincretismo para seguir rindiendo culto a la tierra, al aire, al fuego y al agua. La coyuntural presencia de la Iglesia Católica como agente activo en la conquista de América, asombra con la misteriosa coincidencia de que el primo de Jesucristo se convierta en el inspirador y receptor de las poderosas fuerzas raciales contagiadas desde la percusión musical.  Por fuerza de la opresión, la caja militar de las huestes españolas y portuguesas fue robada por los negros y tocada en el Cauca y el Tolima grande, con un ritmo que evoca al del tambor pujador del Barlovento venezolano, la tierra de los cacaos. Ese ritmo de “café con pan”, que parece también le gustó a los primeros expoliados. No termina ahí la coincidencia, con los ritmos parecidos tocados en San Juan en el Tolima como en Barlovento, en los dos lugares existe el envuelto de plátano maduro, sólo que en el Barlovento pudo conservar un nombre más afrófono: Cafunga.

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Variopintos tambores, en ese mistérico coro secular americano, empezaron a ser batidos bajo el signo del Bautista, mutando tres veces, como los tres clavos de Cristo: primero fiesta solsticial, luego fiesta sacramental y, finalmente, parranda zamba, mulata y negra. Posiblemente, bajo el aspecto político de las cofradías y cabildos de negros, pero también al cubierto místico de aquella polémica figura del Bautista vestido con pieles en el río Jordán, se suscitaría la promesa redentora en el sentir espiritual afroamericano, se alentaría esa libertaria identidad que reniega de bandos y decretos reales, para hacer del placer dionisíaco la razón de ser de cada golpe en cuero y a movimientos de cadera. Plasticidad rítmica y danzarina también alcanzada en el Tolima zambo, de cóngolos en Honda y cucambas en Valle de San Juan. La profesora Blanca Álvarez nos escribió de Monicongos (Manikongo) en el Tolima, así como de Mandingas (Malinke) también.

Tan sugestivo erotismo reservado para los días solsticiales, prenda en erótico trance la promesa de una redención festiva, sosegada, pacifica, no inscrita en las posibilidades conocidas, toda vez que imposible de atrapar. Si bien la embriaguez del goce desmedido y desaforado puede pasar en un parpadeo, a la violencia de machete en mano, exacerbación de los sentidos, ambas pulsiones: la fe en la salvación mesiánica y la exacerbación por tomar la libertad de su propia mano, son los extremos en nuestra condición mutante, de los cobijados en el ritual, cuyo propósito es animar y fortalecer las propiedades de la “fuga”, la salvación de vida al umbral de la muerte.

Y entre estas confusas deserciones de identidad, los vestigios de la tradición oral aborigen legaron nuestra capacidad de ser tolimenses, mientras con el Antijovio,  de Jiménez de Quesada, sólo  podemos evocar a Mariquita, con todo y expedición botánica de emancipaciones a la francesa.

Sin contar con un rumbo definitivo, sólo deseo que podamos presentir la implicación de ser las víctimas históricas de un holocausto ofrendado a un íntimo y colectivo deseo de persistir y existir, alejados de la utopía y salvados del tedio.

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Que vivan San Juan y San Pedro.

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